Tanto ayer como hoy: “Sin remedio”

Fuente: Las2orillas

Ya van 33 años de la publicación de la única novela de Antonio Caballero, y su trama sigue tan vigente como aquellos años, donde pasó desapercibida. ¿Cuál es la clave para leerla?, ¿es una lectura imprescindible para conocer a la sociedad colombiana? Reseña.

Desde 1984, año en el que Sin remedio salió la luz, la historia no ha tenido cambios drásticos. En su momento, el autor pretendía revelar aquella oligarquía colombiana. Quería, de manera sarcástica y con el humor que tanto lo caracteriza, hacer un fresco de cómo los ricos vivían una realidad paralela y muy alejada de aquellos terribles hechos que sacudían al país en ese tiempo. Como muchos rumores que rodean a las grandes historias, se decía que este texto no era otra cosa que una especie de criptex y revelar su secreto implicaba una lectura juiciosa, pues varios de los personajes no eran solo producto de la imaginación del autor.

Si bien todo eso podría ser cierto, Sin Remedio no es solo un esbozo sino una mirada detenida de la sociedad que, a la luz del hoy, no ha tocado la modernidad. “No son caricaturas de personajes conocidos, sino que cada cuadro es una caricatura completa de toda la sociedad colombiana, que a Caballero le parecer pervertida y condenada, y que a su modo de ver no tiene salvación, como el protagonista de la novela, tan parecido a él mismo”, sostiene Gabriel García Márquez.

Esos arquetipos creados están más vivos que nunca. Los escenarios recurrentes, como los barrios del norte de Bogotá, con casas imponentes donde el tiempo se detiene, solo reafirman la representación de la clase alta frívola, elitista y racista que se reúne a despreciar a sus congéneres.

También figuras como el profesor Diego León Mantilla – que reniega de su origen y que, sin embargo vive de él-, o el monseñor Botero Jaramillo que representa la doble moral cristiana y el senador Pumarejo, con el poder político corrupto de la época, demuestran la ambigüedad de la existencia de los seres humanos. En la novela, un senador y un narcotraficante tienen las mismas ambiciones.

A Escobar, protagonista de la novela, lo oprime siempre la idea inquebrantable de que nada cambia: “cada día pasan menos cosas, y cosas más iguales, como si solo sucedieran recuerdos”. Sí, para Escobar “las cosas son iguales a las cosas”, y hoy ese verso suena más profético que aquellos días de poca brillantez de este aspirante a poeta.

Sin Remedio tiene tintes nihilistas: es la historia de un burgués que desprecia todo. Escobar es un personaje ególatra y erotómano, que se aleja de todo compromiso y no escribe poesía sino más bien la “des-escribe”. Entre no querer y no creer, termina por no escribir y eso lo conduce a la impotencia y a la distorsión de considerar todo como un absurdo, el mismo del que hablaba Camus y Sartre en sus años.

En cierto sentido, la novela podría ser la historia de un suicidio. La novela inicia el día del cumpleaños 31 de Escobar y ese mismo día descubre que Rimbaud, su ídolo, a los 31 muere. A lo largo de las páginas, el lector va encontrando, con cada vez más certeza (sobre todo en las últimas páginas) que Escobar tiene latente el deseo de morir. “A los treinta y un años Escobar estaba muerto”, podría escribirse.

La desconstrucción de este texto permite confirmar la tesis de Culler, teórico del estructuralismo literario: todo texto encierra su propia crítica. Sin Remedio hace el acto de mirarse al espejo y criticarse de la forma más dura y quizá “objetiva.” La oligarquía y el poder permanecerán hermanadas, y sus personajes no tienen “remedio alguno”.

La novela tiene muchas variantes del mismo tema que trata una y otra vez. Por su lado, su escritura oscila entre el estilo fragmentario y el desmenuzamiento de la sociedad bogotana de ese entonces. Si no la ha leído, no es demasiado tarde: está tan fresca como hace 33 años.

Tania Herazo
taniaherazo@entrelineas.co
Redacción Cultura

 

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