Una película contada desde adentro

Fuente: Filmaffinity.com

Más allá del alboroto causado por la confusión de los sobres en la noche de los Oscar, Moonlight (con las tres estatuillas que obtuvo) demostró que su joven director tenía mucho que contar. Una mirada a esta película que trata sobre todo, de la intimidad.

Barry Jenkins, director de Moonlight, no lo podía creer. Literalmente después de que se bajó del escenario el equipo de La La Land, ganadora del Oscar a mejor película durante cinco minutos, Jenkins afirmó que era imposible que una película como la suya ganara dicho premio. No parece que Jenkins lo haya dicho por falsa humildad, sino desde una verdadera incredulidad.

Porque ¿cómo puede el segundo largometraje de un director casi desconocido obtener el premio más relevante de la industria hollywoodense? ¿Cómo una película, con un presupuesto más bien apretado (cinco millones de dólares), con un elenco donde no figuran grandes estrellas, podía aspirar a estar en la boca de miles de personas durante semanas, incluso meses? Las respuestas podrían estar en la forma del largometraje, más que en sus temas.

La tentación de catalogar a Moonlight como una película “temática” es bastante grande, sobre todo si nos atenemos a la sinopsis. Un niño afroamericano llamado Chiron (e interpretado en su infancia, adolescencia y temprana adultez por Alex Hibbert, Ashton Sanders y Trevante Rhodes, respectivamente) que vive en Miami es molestado constantemente por sus compañeros de clase, quienes lo consideran gay. Chiron lidia con esa temprana discriminación al mismo tiempo que busca un lugar que le dé calma, incluso lejos de su casa: su madre (Naomie Harris) es drogadicta y aunque casi siempre la vemos en la casa, su ausencia va más allá de lo físico. Por azar, Chiron encuentra protección y guía en un vendedor local de drogas (el ganador del Oscar a mejor actor de reparto, Mahershala Ali) quien le permite estar en su casa cuando las cosas se ponen muy mal en el colegio o en su casa. Así, en este ambiente inestable y con muy pocas personas en quien apoyarse, Chiron comienza a preguntarse por su sexualidad y por quién quiere ser en la vida.

Los temas están sobre la mesa: pobreza (no es el Miami de ferraris y mojitos en South Beach), discriminación sexual y color de la piel (todos los actores principales de la película son afroamericanos). Sin embargo, no es el tratamiento de estos temas lo que hace interesante a Moonlight. Porque cuando pensamos en una película que habla sobre cualquiera de esos tres puntos, puede que esperemos una gran dosis de drama y escenas impactantes que nos revuelvan por dentro. Quizá nos predisponemos a salir con lágrimas del cine o con un dolor de cabeza intenso por pensar que aún hay mucha violencia por mitigar en el mundo. Nada de esto pasa con la película de Barry Jenkins, pues toda la atención ha sido puesta en construir a los personajes desde el interior, allá bien adentro donde hay gritos que no alcanzamos a escuchar.

Solo un ejemplo. En uno de los clímax emocionales de la película, Chiron, ya adolescente, se encuentra en la playa, de noche, a un compañero de clase que parece comprenderlo y quererlo (interpretado en la etapa de la adolescencia por Jharrel Jerome). Comienzan a fumar un porro y en medio de la conversación aparece el tema del llanto. Chiron le confiesa a su amigo que hay días en los que llora tanto, que por un momento piensa que se va a convertir en sólo lágrimas, en agua. La escena es reveladora porque lleva al espectador a entender que si bien no ha habido escenas en que Chiron llore, lo ha estado haciendo desde el primer minuto. Lo mismo con su falta de expresividad: Chiron no puede decir más de dos frases seguidas, pero cuando lo vemos sumergir su cara en agua repleta de hielo para calmar el dolor de los golpes, su reflejo en el espejo realmente habla.

Para hacer eso posible, es decir, centrarse en la interioridad de los personajes, Jenkins y su equipo pusieron especial énfasis en dos aspectos: la fotografía y la adaptación del libreto. En el primero, la luz es elemental, no solo por tener la referencia directa con el título (“Luz de luna”) sino por crear el ambiente necesario para que los personajes pudieran desenvolverse con más naturalidad: la luz de la luna en la playa no es la misma que la luz que entra a un restaurante de un barrio popular; los personajes se mueven de manera diferente dependiendo de la luz que los cobije. La adaptación del libreto, por su parte, tiene la grandeza, por más que sea un lugar común, de decir lo necesario con lo justo, y es por eso que mereció de sobra el Oscar en dicha categoría. En el discurso de recibimiento, Jenkins dice que siempre es más importante el proceso que el resultado, pero que, en este caso concreto, el resultado es muy importante porque valora un esfuerzo enorme por hacer este tipo de cine.

En su blog del New Yorker, Richard Brody exalta la intimidad “imbatible” de Moonlight. Y sí: se ha vuelto muy difícil encontrar en el catalogado cine comercial personajes que nos muestren su intimidad sin caer en un exhibicionismo melodramático. Vemos en esos tres capítulos (infancia, adolescencia, juventud) la lucha constante de un muchacho, en pleno siglo XXI, por descubrir lo que es y la pesadísima decisión de, en efecto, serlo. Logramos ver ese camino recorrido desde adentro, casi siempre en medio de la noche. El segundo largometraje de Barry Jenkins definitivamente se deja ver con otra luz.

Sergio Rosas Romero
sergiorosas@entrelineas.co
Co-Editor Cultura

 

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