Peñalosa II, año 1



¿Cómo le fue al alcalde que llegó al palacio de Liévano con más de 900.000 votos, respondiendo al clamor de cambio de los bogotanos pero que finaliza su primer año de mandato con tan solo un 22% de favorabilidad? ¿Fue tan desastrosa su gestión o el tema de la percepción se nos salió de las manos?

“Si se tiene un sueño hay que persistir”. Con lágrimas en los ojos y la voz entrecortada, Enrique Peñalosa recibía la noticia de su elección el 25 de octubre de 2015, tras una campaña muy similar a su primer intentona por llegar a la alcaldía en 1998, bajo el afán de transformar una ciudad que en su consideración se encontraba en caos.

Quince años después y tras haber superado profundas derrotas en las urnas, Peñalosa persistió hasta convencer a más de 900.000 bogotanos en su afán por recuperar Bogotá, representando algo diferente para una ciudadanía agotada tras 12 años de gobiernos de izquierda; pero tras el optimismo de su posesión el primer día de enero, la imagen del alcalde no ha hecho más que decaer.

La bandera Peñalosa que terminó por sentenciar al progresismo de Gustavo Petro, nos recordaba que el ex alcalde se iba con apenas un 35% de favorabilidad, pero hoy y sin haber completado el año, la imagen del alcalde alcanzó una desaprobación del 78% en el último sondeo de percepción Bogotá cómo vamos, enmarcando el desencanto entre los ciudadanos y el alcalde.

Peñalosa ha recibido palos por cada una de sus decisiones en los casi 365 días de mandato, pero la realidad es que ni su tono ni su carácter le han ayudado, su sinceridad políticamente incorrecta, su ferocidad para debatir y desafortunadas declaraciones o silencios, le han alejado del 78% de los bogotanos, acostumbrados para bien o para mal al cercano populismo de Petro.

El alcalde ha llamado “potrero” a la reserva Van der Hammen y se ha referido a los estudios de metro subterráneo como el “capricho de alguien cepillándose los dientes”, ha permanecido en silencio frente al tema de sus estudios de doctorado y algún desplante al Congreso también lo dejó mal retratado; casi tanto como lo dejó una vendedora ambulante tras decidir desalojarlos de los andenes o como cuando desalojó el campamento por la paz.

Tanta controversia parece ser remedo del primer término de Peñalosa, más de lo mismo. En ese entonces, sus ideas chocaron con la opinión pública y cada lucha tuvo un inmenso costo político, casi le destituyen por reemplazar a los cebolleros tradicionales por Transmilenio y por acabar con el cartucho para dar paso al parque Tercer Milenio en batallas similares a las dadas entre Esmad y habitantes de calle provenientes del Bronx.

Pero he ahí la cuestión, por controversiales y conflictivas que sus ideas de desarrollo parecieran, el resultado fue una mejor ciudad, con Transmilenio, con andenes, con ciclorrutas, con colegios de lujo y con obras para Bogotá, por lo que la calma del mandatario distrital frente al aluvión de críticas parece ser síntoma de su propia experiencia en la que acabó con el 70% de aprobación entre los bogotanos, a Peñalosa lo respaldan sus resultados y es un argumento difícil de refutar.

La fórmula del alcalde parece repetirse, hace quince años cumplió su promesa de dejar una ciudad de obras y desarrollo; por negativo o positivo fueron los mismos resultados que lo retornaron al poder en octubre pasado, el temor de tanto desencanto puede llegar a exceder su crédito en términos de popularidad y la realidad es que se esperaba mucho más de su primer año.

Pero el 22% de favorabilidad es mentiroso, porque Peñalosa sí tiene resultados que representan el cambio de rumbo que fue su bandera, en movilidad ha generado cambios positivos para Transmilenio, ya sea en rutas o en mínima organización para tapar el hueco que el pasaje subsidiado de Petro dejó sobre el sistema.

También se ha despachado en contra del SITP, el cual ha tildado de “bomba de tiempo” y ha mejorado las rutas para aliviar el destrozo, pero en su plan maestro contempla una reingeniería del mismo a nivel administrativo y financiero; más en general su ambicioso plan de gobierno insiste en reconstruir y duplicar las troncales existentes de Transmilenio para aventajar el rezago de los 135km que deberían ser 338 en la actualidad, o mejor dicho la deuda de los 12 años de izquierda.

Su metro no quedó en vacilación, Systra cumplió con los informes y la obra que el alcalde defendió en la Cámara ya aseguró el apoyo de la Casa de Nariño, está pendiente de estudios de detalle y estructuración financiera para abrir licitación en el segundo semestre de 2017; subterráneo o no, la realidad es que la planeación, los recursos y la voluntad política apuntan a que el metro que necesita y puede tener Bogotá será el elevado de Peñalosa.

Su metro complementado con Transmilenio busca llevar transporte masivo (bus, metro o cable) a menos de un kilómetro de cada bogotano. Eso significa alcanzar una cobertura de 85% para 2020, demasiado ambicioso, pero con este alcalde, factible.

El alcalde no se rajó en seguridad pero tampoco destacó. Sí fue evidente un incremento importante en el pie de fuerza tras arreglar la relación disfuncional entre Alcaldía y Policía que vio al hurto reducirse en un 42% que según el secretario de seguridad Daniel Mejía surgió tras la intervención del Bronx.

Pero aunque se pasó de 14.858 a 13.123 hurtos a mediados de año, y se redujeron a la mitad los robos y colados en Transmilenio, la venta ambulante en el sistema sigue siendo un problema que la alcaldía no ha logrado resolver y un 45% de las personas se sienten inseguras en Bogotá.

Peñalosa parece seguir su patrón y ha bajado su tono, el 2016 de Peñalosa fue un término de empalme, de ajustes y de planeación. Su 2017 promete ser el periodo del diseño y la licitación de todas sus obras: 300.000 millones en estudios es la cifra.

A la postre se avecinan pocos cambios hasta 2018, cuando empezarían las obras que el mismo alcalde no alcanzaría a entregar pero que, a reflejo de su pasada experiencia, significarían la recuperación prometida en campaña.

Carlos Quiñónez
Redacción Entre Líneas

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