La traba de todo un país



6 de noviembre.  Las palomas revoloteaban para cumplir con la rutina diaria, esperando a que algún curioso decidiese colocar sobre su mano unos cuantos granos de maíz para acercarles un bocado. Cientos de personas caminaban con elegantes trajes por la plaza, sede de las instituciones más importantes del país. El frío gobernaba y la tranquilidad hacía que la calma se instalara en la agenda de cada transeúnte. Aquellos devastados por la pérdida de algún ser querido, y otros que necesitaban con inminencia sentir el regocijo de algo que les diera esperanza, se encontraban en la Catedral Primada, en silencio, dejando sus oraciones, y esperando con ilusión que fueran escuchadas. Esa iglesia siempre estuvo ahí en esa esquina cómplice, como esperando pacientemente que se desenvolviera el hecho trágico para ser testigo y observarlo todo con absoluta proximidad.

Luego, el desastre comenzó. Una bala, dos, tres. Se trataba de un golpe de Estado. La guerrilla famosa por haber robado la espada de Bolívar y secuestrar a docenas de diplomáticos de varios países del mundo en la sede de la Embajada de la República Dominicana unos años atrás, había emprendido la más dura arremetida de su historia. Esa escena quedaría atornillada en la memoria nacional para siempre.

Los fulminantes dragones de hierro se hicieron presentes y, con pocas alternativas, decidieron disparar sus bolas de fuego implacable, que en pocos minutos incendiaron el Palacio de Justicia. Muchos murieron, otros desaparecieron y el debate sobre quién tuvo la culpa se instauró en el país hasta hoy, y hasta mañana.

Años después se conoció que, posiblemente, los narcotraficantes habrían financiado de alguna manera el caballo de Troya para dar con los expedientes en los que los magistrados revisaban la posibilidad de su extradición a los Estados Unidos.  Se salieron con la suya, pero comenzaron una guerra que sigue sin terminar.

Hasta ese lugar acorazado pudo llegar la violencia que, con unos réditos incalculables, narraba el desenlace de un libro de horror. Dólares como si se imprimieran en casa, mujeres moldeadas cuidadosamente, armas estilizadas y enchapadas en oro, y sangre, mucha sangre.

Solo unos años después otro hecho estentóreo y fatídico causaría un efecto rotundo y un lamento indefinido por parte de miles de colombianos que añoraban cambiar de rumbo, que pensaban, obnubilados por sus discursos, que la esperanza quizás no era tan lejana, que el sabor de un mañana diferente no estaba muy lejos y que, con suerte, los años de desgracia y de pobreza acabarían para hacer la vida un poco más soportable, un poco menos dura, un poco más digna.

Pero nada de eso sucedió.

La noche del 18 de agosto se materializó una victoria más para el narcotráfico, pero una terrible pérdida para el país. El candidato presidencial Luis Carlos Galán fue cruelmente asesinado con disparos de ametralladoras desenfundadas estratégicamente por los infinitamente adinerados capos de la droga.

Su hijo Juan Manuel, hoy senador de la República, recuerda lo que ese hecho significó en su vida: “En la muerte de mi padre participaron el Cartel de Medellín que estaba formado por Pablo Escobar, Rodríguez Gacha y los hermanos Ochoa Vásquez, pero además el Cartel de Cali a quien también le interesaba la muerte del candidato, porque ellos sabían que facilitando el asesinato de Luis Carlos Galán no solo se podrían librar de un enemigo que estaba a punto de ser presidente y que los podía extraditar, sino que toda la culpa y la responsabilidad del hecho iban a endilgársele al Cartel de Medellín, con quienes en ese momento se encontraban en guerra.”

“Ese día era un viernes, yo estaba en el colegio terminando la jornada escolar. Cuando llegué a mi casa y estaba cenando junto a mi hermano y mi madre, nos enteramos de la noticia. Hubo una primera llamada de la secretaria de mi papá, Lucy Páez, indicándonos del tiroteo en Soacha, pero no sabíamos cómo estaba mi papá ni si había heridos. Luego por la radio informaron que estaban trasladando a la gente a Cajanal, por lo que nosotros decidimos irnos hasta ese lugar en una patrulla de la Policía. Allí estuvimos más de una hora en el centro de ambulancias y despachos esperando a que llegara mi papá, pero él nunca llegó. Los que llegaron fueron los escoltas heridos. Ellos nos informaron que lo habían trasladado a Kennedy, y finalmente allí nos enteramos de que mi papá había muerto".

Por supuesto, la familia Galán no es la única que ha sido víctima de la violencia certera del narcotráfico en Colombia. Millones de colombianos, mucho más invisibilizados, han tenido que sufrir las consecuencias de un flagelo que luego de más de 30 años sigue sin resolverse. Sin embargo, los hijos de Luis Carlos Galán fueron testigos directos de lo pugnaz que es el negocio de la producción de aquel espeso polvo planco que parece inofensivo, pero la realidad es muy diferente.

“Hoy ya no son grandes carteles y grandes conglomerados que monopolizan el negocio del narcotráfico, sino que son varios niveles de grandes y pequeñas empresas y con mucha sofisticación en cuanto a lavado de dinero y lavado de activos. Esa es una de las grandes diferencias, pero además, el Estado ha crecido. Las instituciones siguen siendo débiles en la actualidad, pero la Policía, las fuerzas militares y los organismos de seguridad del Estado tienen una mayor capacidad para responder a este tipo de carteles y de narcotraficantes. El narcotráfico se ha vuelto más difícil de detectar, pero figuras como la extradición han perdido su esencia. Antes era a lo que más le temían los delincuentes. Hoy, cuando estos bandidos se ven sorprendidos buscan un arreglo fácil con la justicia norteamericana.”

En Colombia las hectáreas de cocaína vienen aumentando desde hace un lustro a unos niveles desastrosos. Según Naciones Unidas, a finales de 2015 estaban en 96.000 hectáreas. Pero en 2010, cuando Juan Manuel Santos se convirtió en sucesor del expresidente Uribe, se calculaban en 62.000. Un aumento en 6 años de 34.000 hectáreas y con la guerrilla más poderosa del continente negociando en La Habana.

Para el senador Galán, esto se debe a que la declaración de guerra ha sido equivocada: “Hemos empezado a darnos cuenta de que la lucha contra las drogas ha sido una estrategia fallida, porque se ha caracterizada por el prohibicionismo, el castigo y la persecución. Esto ha sido un fracaso mundial y con proporciones mayores en Colombia. El debate se ha abierto hacia una nueva política que tiene que ver con una transformación a los eslabones débiles de la cadena del narcotráfico, que son los campesinos cultivadores que tienen que ser tratados de otra manera; no con fumigaciones, sino con desarrollo alternativo, con carreteras, con posibilidades de mercado, de acceso a crédito, de asistencia técnica, asociación y cooperativas. Y por otro lado tenemos al adicto consumidor, que debe ser tratado no como criminal sino como paciente, y debemos concentrar el grueso del aparato punitivo del Estado en los eslabones duros del narcotráfico que son las mafias en donde se queda el valor agregado del negocio”.

Los Gobiernos del mundo entero y la comunidad internacional han adoptado, como lo describe el senador, una postura que para muchos expertos no ha sido la mejor por las evidencias a la hora de medir los resultados en la lucha contra las drogas. Millones y millones de dólares se han invertido en financiar toda una batalla apocalíptica para frenar el constante latigazo de un negocio, que ael contrario de lo esperado, cada vez tiene más y más emprendedores.

Federico Ríos es un fotógrafo manizaleño que trabaja para el diario New York Times y que, desde que comenzaron los diálogos con las Farc en La Habana, decidió comenzar un proyecto independiente para narrar, a través de sus imágenes, la cotidianidad de los guerrilleros en las selvas y los cambuches en las montañas imponentes. Por su trabajo, Federico ha tenido que atravesar ríos, rasguñarse la espalda y untarse las piernas de barro. Ha escalado montes y caminado durante horas por la dura maleza que colonizaron los españoles, tan intacta como en sus días, para poder realizar las más increíbles fotografías para uno de los periódicos más importantes del mundo. Ha arriesgado su pellejo en las más bélicas batallas y ha estado de ambos lados. Trabajó también fotografiando el paisaje olvidado del país lejano que muy pocos conocen, en helicópteros del Ejército, y ha sentido el sonido perpetuo del golpe de las balas de galil y AK-47 que han quedado impresas en el fuselaje de las máquinas y que han disparado los mismos guerrilleros a quienes ha detenido en el tiempo con su potente y talentoso lente.

Y a pesar de todo ello, lo único que no ha encontrado Federico en sus gestas y proezas homéricas han sido rastros de cocaína y amapola: “Sobre los cultivos ilícitos yo nunca he visto nada de eso y es algo que he querido retratar, que he tenido en la cabeza y que me ha hecho estudiar el tema porque me interesa. La verdad es que yo no los conozco, no he visto el primero en el que las Farc tengan el control y se dediquen al negocio de la producción y la comercialización, no puedo decirlo porque no los he visto, no he sido testigo”.

El país sigue preparándose para la materialización de un posconflicto en el que las ilusiones de un mañana con un sabor diferente, ese mismo que soñaban con abnegada  convicción quienes gritaban arengas loables al candidato Galán aquella imborrable fecha, un mañana con un sol diferente y con la esperanza intacta, pueda ser cierto y no un breve espacio del subconsciente. Un mañana que sea para siempre y en el que dejen de perderse vidas humanas por la intolerancia, por la sed de venganza y por el espeso polvo blanco que parecía inofensivo.

Santiago Ángel
Daniel Montealegre
Laura Rojas

 

 

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