Divide et impera (opinión)



En los días de Julio César, la doctrina política preferida por el emperador consistía en dividir a sus oponentes con mentiras hasta el punto en el que no pudiesen ser una amenaza para su mandato. De ahí surge el “divide y vencerás” que no hemos dejado de aplicar en política y que nos cobró factura en este 2016.

En Colombia no somos extraños a estas realidades y mucho menos podíamos olvidar la práctica en el año de las mentiras, mentiras de todos los colores y sabores con el solo objetivo de fragmentar al otro bando pero que este año se nos salió de las manos hasta el punto de dividir al mundo entero y por supuesto a los colombianos, que de paso confirmamos nuestra ignorancia.

Y es que con el mundo temeroso y fragmentado, cualquier trino nos toca el alma hasta el punto de ser sapiencia suma. Aquí no íbamos a ser menos que los americanos, o los europeos, así que los nuestros también se pusieron a trinar, a esparcir mentiras como mantequilla y de paso a dejarnos tan o más ignorantes que nuestros pares a nivel mundial.

Los estadounidenses olvidaron sopesar lo que escondía el discurso de Donald Trump, que aprovechó el fértil terreno del miedo que a través de las redes permite expandirse y expandir mentiras a modo de pandemia. Tanta división venció a los Yankees que de paso olvidaron la pendejadita que los hizo potencia, la diversidad.

Para los europeos el miedo ya era realidad, pero unos cuantos hicieron de Julio César para convencerlos de que el terror se expandiría desde Medio Oriente y que ya tocaba a la puerta desde Francia, Bélgica, Alemania o Reino Unido. Europa se agotó en sus esfuerzos frente a la crisis de los refugiados sirios, los británicos le dieron la espalda a la Unión Europea, y aquella división acabó por extender una brecha innecesaria.

Aquí no podíamos ser menos, el momento político latinoamericano sufre a causa de la corrupción y de la inefectividad de los gobiernos para combatirla y, de paso, recortar la desigualdad que aqueja a nuestras sociedades. En cambio nos alejamos un poco más del desarrollo y la brecha nunca ha sido más extensa, pero las mentiras y la politización del debate alejaron al continente que también se agotó de la izquierda, solo Brasil alzó su voz frente al atraco.

En Colombia dos césares se disputaron el poder y de paso nos hicieron más ignorantes, pero el poder que coloca la paz en nuestro país no era el tema central en un país que plantea la paz como ausencia de guerra, pues la tal paz no puede existir en un país en el que se roban 4.000 millones de dólares de una refinería, un país en el que el problema central es la corrupción. Un país en el que niños aun mueren de hambre porque quienes reciben oficinas a dedo o a medida de favor político quieren ahorrarse unos pesos. Una meritocracia mediocre y mentirosa en la que existen casi 27 millones de diferencia entre el salario básico y el de un senador elegido en función de contratos en vez de votos.

Somos tan malos y tenemos tan mala suerte que ni siquiera el divide y vencerás nos funcionó del todo, de hecho salió tan mal que hasta los mentirosos se fragmentaron entre sí, o si no que se lo digan a Juan Carlos Vélez Uribe, que como los niños se hizo de su estado de inocencia para hacer algo muy extraño en la práctica política, ser sincero, una idea optimista pero desafortunada, tan desafortunada que la aplicaron gobierno y oposición del mismo modo y en el sentido contrario, tal y como Uribe quería renegociar los acuerdos, lo mismo, dicho diferente.

Ambos bandos optaron por fragmentarse y fragmentarnos hasta el punto en el que la polarización se hizo insostenible y amparados bajo la abstención y las campañas tramposas el Divide Et Impera los reunió una vez más en donde todo comenzó hace 6 años, en Palacio. Curiosamente el "No" no sepultó a Santos o, mejor dicho, el Nobel lo salvó.

Mismo Nobel que desconcertó a Uribe tanto como la ausencia de un plan b, que nos dejó casi un mes en una incertidumbre apocalíptica que tuvo en Marta Lucía Ramírez, Andrés Pastrana, Alejandro Ordóñez y en el mismo Álvaro Uribe a sus cuatro jinetes. Un ambiente tan apocalíptico que el nobel, los jóvenes en la calle y hasta el Papa intentaron remediar.

Pero en este año unirnos era demasiado y el llamado de su santidad tampoco fue suficiente para el pacto nacional, pero el desplante de Uribe afectó poco a un Santos que regresó de Roma con la confirmación de las buenas nuevas de su Fast Track para pasar el sabor amargo del 2 de octubre o para olvidar su chapuza en Cartagena una semana antes que por fin ultimaría a las Farc pero el nuevo y cosmético acuerdo tampoco era suficiente para los que de pupitrazo aprobaron las mentiras de Ralito.

Santos también acabó por celebrar su reforma tributaria que probablemente gravaría hasta el mármol aunque prometió no subir impuestos en días de campaña. Pero es cierto, se acabó la bonanza petrolera y el hueco fiscal es muy profundo así que, por supuesto, es mejor tener más impuestos para la clase media antes que atacar la corrupción o dejar de esparcir mermelada y almendras por doquier. Sin duda alguna, la administración Santos fue la más dulce.

Pero un sabor agridulce es el que nos deja este 2016, pues en cada ejemplo  encontramos el divide y vencerás que a punta de mentiras nos confirmó que en el 2016 perdimos oportunidades, era la oportunidad de finalizar 60 años de confrontación con la guerrilla más longeva del hemisferio y al  final lo conseguimos a medias, era otra oportunidad para preservar el cambio, la diversidad, la inclusión, era extender la mano a las victimas sirias.

Se trataba de algo muy superior a Santos, a Uribe, a Hillary, a Trump, al Reino Unido o a la Unión Europea, pero el divide y vencerás de los unos fue tan fuerte como el manotazo de Vargas Lleras a su escolta, democracia en acción, que como anunció Frank Underwood, estaba sobrevalorada. Pero para terminar tan dulce como el gobierno Santos y para pensar en positivo se vienen 365 oportunidades para enmendar faltantes.

Carlos Quiñónez
Redacción Entre Líneas

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