“Todo comenzó por el fin”, cuando la obra de arte es la vida



Por: Óscar Enrique Alfonso

El sábado pasado volví al cine. Medio día, un documental de más de tres horas. Ningún director consciente correría ese riesgo sin tener en sus manos la mejor jugada posible. Y así es, Luis Ospina se salió con la suya. El adjetivo “magistral” se justifica: el tiempo se pasó volando, no hay escena de más, no hay una toma que no aporte; cada detalle contribuye al objetivo. Una labor impecable.

Me llama especialmente la atención la familiaridad declarada, en el documental, entre la búsqueda de los cineastas caleños y la estética estadounidense que bien podría condensarse en la frase de Warhol: “mi obra de arte soy yo mismo”. Despierta mi interés porque realmente existe un límite vital en el que esa frase trasciende su egocentrismo aparente; hay un momento en que ese manifiesto se eleva hasta las dimensiones del yo poético y Luis Ospina alcanza en y con su documental ese momento. Apoyado en los hombros de sus compadres, corona el esfuerzo de todos con una obra de arte conmovedora: preciosa.

Son muchos los motivos de satisfacción que puede experimentar quien tenga la oportunidad de ver esa película. He de confesar que aunque he leído al menos dos veces la novela de Andrés Caicedo, solo después de ver el documental pude comprenderla en su tiempo, en ese mundo que la hace obra; al finalizar el documental pude concebir el peso específico de aquella novela en el campo general de la narrativa colombiana; incluso, su lugar en la Literatura.

También está la cuestión del guion en el ámbito específico del cine documental. Esa fascinación que supone el hecho de que una cosa es lo que está previsto en el guion y otra lo que dicta la realidad documentada; la tensión entre lo que se piensa y lo que es, ya lo verán sus espectadores, cumple la función de la cuerda que sustenta el ritmo de la obra y nos mantiene despiertos, atentos, fascinados.

Para los alcahuetes del amantazgo entre el cine y la literatura, sin duda, esta pieza provee todos los argumentos. Cada uno por su lado funciona; pero cuando están juntos y hacen el amor pueden desencadenar esos procesos históricos que ni siquiera la guerra consigue acallar. Vuelvo mi memoria a los contenidos del documental y me pregunto de dónde esta certeza mía sobre la presencia persistente de la literatura; y es que el espíritu de Caicedo atraviesa no solo toda la película, sino que es la marca que aglutina a la comunidad documentada; más que un grupo de amigos, el Grupo de Cali es una comunidad sustentada en la ausencia de Andrés Caicedo. Eso es la Literatura; la más poderosa fuerza aglutinante de una comunidad. Por eso quienes la desconocen le temen. Y también por ahí está la clave de la obra de Caicedo. Presiento que la historia de Que viva la música encuentra en el documental de Ospina un nuevo lente desde el cual ser leída.

Por ese mismo camino identifiqué también una exaltación al vínculo entre la búsqueda del arte moderno y los estudios culturales. Ese profundo apego a la cotidianidad me hizo recordar la frase título de Raymond Williams “Culture is Ordinary”. Este documental reitera con plena convicción la diferencia entre la “cultura” y los “medios oficiales” Esto es más profundo que un tema de valentía o de ironía o de mofa o de irreverencia; se trata de una certeza poética, contundente: los medios oficiales no suelen hacer cultura; por lo regular, la obstruyen.

En 1912, Kandinsky escribía: “todo movimiento progresivo y ascendente debe realizarse con el sudor de la frente, con sufrimientos, malos momentos y penas”. La tensión que identificaba entonces el artista ruso era precisamente esta. El Grupo de Cali produjo cultura mediante un esfuerzo vehemente que logró transgredir los obstáculos que los medios oficiales han mantenido con persistente firmeza. El proyecto estético de apropiación de la realidad, para depurarla y darle forma, implica entrar en ella, sumergirse en ella, palparla, olerla, tragarla… Pero no para ahí. No sin esfuerzo llegó Mayolo a adquirir la apariencia del gran protagonista de la historia; fue él quien logró hacer en la televisión (una industria tan compleja y comprometedora), literalmente, lo que le vino en gana.

Cada cual hizo su aporte: Caicedo fue a la vanguardia y dio su vida para cohesionar el equipo, para mostrarles la magnitud de las fuerzas de sus oponentes; Mayolo, seductor y apasionado creador, conquistó la victoria; Ospina corona el éxito de la labor realizada. Una triada heroica, obligada a fabricar sus propios monumentos.

Lo que más me gusta del título es que se puede entender de diversas maneras y que encuentro en su fondo cierto deseo de eternidad: ¿Cuál fin? ¿Cuando el fin es el comienzo, existe fin?

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